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Dos
1. Los corresponsales El 8 de mayo, apenas tres días después de las celebraciones de la Batalla de Puebla en el campamento revolucionario, empezaron los disparos en las calles de Ciudad Juárez. Jimmy Hare estaba de nuevo ahí, con la sensación “de que en cualquier momento volaría en mil pedazos” debido a los rumores de que los federales habían minado las principales vías de acceso a la ciudad. En el camino había encontrado a Guy Gore del Omaha Bee y a los fotógrafos Homer Scott y Harvey Kiefer, que seguían a un grupo de revolucionarios por una acequia cercana a la orilla del río. La presencia de Jimmy Hare en el escenario de los acontecimientos el primer dìa de combate no pasó desapercibida para los redactores de The El Paso Daily Herald. El periódico informó que en su incursión a la ciudad vecina los fotógrafos habían contado por lo menos diez muertos en las trincheras de los federales. La nota del diario enfatizaba la presencia de Hare, el célebre corresponsal en cuyo honor se habìa acuñadò la frase: “ninguna guerra es oficial hasta que no ha tenido la cobertura de la cámara de Jimmy Hare”. En las cartas que envió a Collier´s acompañando su material gráfico, Hare no mencionó a Homer Scott ni a Harvey Kiefer, con quienes caminó hacia Juárez la mañana del 8 de mayo de 1911, ni a los otros colegas que durante varias semanas informaron sobre los primeros días de la Revolución Mexicana. A pesar de la omisión de Hare, es posible documentar la presencia de un buen número de fotógrafos que cubrieron este episodio de la historia de la frontera con algún propósito periodístico o comercial. En 1911, el fotoperiodismo carecía de la versatilidad que tuvo en décadas posteriores, pero los corresponsales que cubrieron la Batalla de Juárez contaron con la ayuda de cámaras más livianas y, a diferencia de sus antecesores, con sistemas de comunicación más rápidos y eficaces. Estos cambios incidieron particularmente en el trabajo de los fotógrafos, quienes pudieron cubrir más aspectos del conflicto y trabajar con mayor rapidez. En la Batalla de Juárez, una serie de factores articulados a su favor, permitiría a los reporteros hacer un trabajo diferente. La cercanía entre las dos ciudades, estratégica para ejército revolucionario, también fue ventajosa para los periodistas. Los vínculos estrechos entre ambas comunidades y la eficiente infraestructura de comunicaciones de El Paso los dotó de movilidad. Los tranvías cruzaban la frontera y llegaban hasta el puente colgante ubicado frente a la Fundidora. Desde las azoteas de ciertos edificios era posible avistar los acontecimientos del otro lado del río. Decenas de fotografías muestran a grupos de personas asomándose hacia Ciudad Juárez desde El Paso. Durante los tres días de la batalla, los encargados de El Paso Laundry Company, ubicada a unos metros del puente internacional, cobraban un dólar a quienes quisieran subir a la azotea de su edificio para asomarse a Ciudad Juárez. Los curiosos subían a los techos para contemplar la batalla: ni siquiera el alcalde de El Paso resistió la tentación de asomarse al otro lado de la frontera. El teléfono y el telégrafo contribuyeron a facilitar las cosas para los reporteros que tenían que enviar informes a las mesas de redacción de periódicos y revistas. Todos encontraron buen acomodo en los hoteles de El Paso. Jimmy Hare recordaría años más tarde lo còmodo que le había resultado abandonar las trincheras al anochecer, cruzar el puente internacional cobijado por la noche que lo protegía de los francotiradores, luego bañarse y descansar en su habitación del Hotel Sheldon, y regresar al frente por la mañana, con sus cámaras y la credencial que lo acreditaba como corresponsal de guerra. Desde que los revolucionarios se instalaron en la región a mediados de abril, el ataque a Ciudad Juárez se convirtió en una menaza cotidiana y la cobertura de los periódicos fue constante. The El Paso Morning Times y The El Paso Daily Herald pusieron a sus mejores reporteros a seguir los movimientos de todos los ejércitos que operaban en la región. Timothy Turner del Daily Herald se instaló en Ciudad Juárez y durante semanas ensayó cómo sería su cobertura de la batalla. Localizó teléfonos en varios puntos estratégicos de la ciudad, desde donde informaría a medida que transcurrieran los acontecimientos. También tomó decisiones políticas, pues a pesar de que muchos de sus amigos actuaban en el bando revolucionario, vio conveniente tener buenas relaciones con sus conocidos en el bando federal y mantener la posibilidad de cruzar la línea de fuego. Cuando la batalla se materializó, el reportero ya había modificado su estrategia debido al virtual abandono de la ciudad y la suspensión del servicio telefónico. Turner operó desde las oficinas del Times e incursionó de manera esporádica al frente. Algo similar hicieron los corresponsales de publicaciones de México y Estados Unidos, quienes convirtieron a los hoteles que los hospedaron la sede de sus corresponsalías. El corresponsal de Prensa Asociada, David Lawrence, ensambló desde El Paso los informes de sus reporteros de campo. La cobertura de la Batalla de Juárez fue una combinación de observación a distancia desde el otro lado de la frontera, versiones de segunda mano y eventuales incursiones a las trincheras de los insurrectos. Cada uno de esos miradores proporcionó a los periodistas una mezcla de puntos de vista, y la posibilidad de obtener información fresca, aunque muchas veces se recurrió a la especulación y se arribó a conclusiones precipitadas. Un ejemplo es la nota escrita por Earl Harris para The New York World, en la que relata como la esposa del cónsul americano en Juárez cruzó la línea de fuego en compañía de su criada para interceder ante Pascual Orozco por la vida de las personas que se habían refugiado en la sede diplomática. En una carta a su hermana, la señora Seymour Edwards aclara que su acompañante era la esposa de un miembro del gobierno local y sugiere que las descripciones de los reporteros suelen tener una buena dosis de ficción. Las licencias literarias de los periodistas de la época eran vistas por ellos mismos con indulgencia, como gajes del oficio. Norman M. Walker, quien también reporteó al lado de Turner Y Allie Martín del Daily Herald, escribió una columna de opinión en la que describió bajo la luz de la sátira el trabajo de algunos corresponsales. Walker hizo notar cómo los vestíbulos de los hoteles de El Paso se llenaron de corresponsales vestidos con ropa de caqui comprada en los almacenes del centro. Esos improvisados reporteros, algunos de ellos equipados con una cámara Kodak de tres dólares pasan el tiempo fanfarroneando en el bar del Hotel Sheldon, y de vez en cuando cruzan el puente hacia el campamento insurrecto para reunir material y enviar un ocasional telegrama a su periódico, donde cuentan correrías que hacer ver a Jimmy Hare como novato.
En su columna, Walker se refirió a los periodistas serios como gente discreta que viste de manera elegante y se reúne en los rincones de los bares a hablar de otros temas, mientras los fanfarrones se esfuerzan por acaparar los reflectores y presumir sus improbables proezas militares. Uno de estos hombres elegantes con facha de joven profesor universitario arribó a El Paso a finales de abril, como enviado de El País, un diario de orientación católica publicado en la Ciudad de México. Luis Malvaez cubrió las negociaciones de paz y su trabajo fue tan amplio y puntual que Madero comentó que antes de dormir buscaba debajo de la cama para asegurase de que el reportero no estuviera ahí. El País ostentaba en sus páginas la cantidad de dinero invertida en cabelagramas enviados desde El Paso vía Galveston hasta la redaccion en la Ciudad de México. Los editores buscaban un impacto mayor indicando la hora en que las crónicas habían sido remitidas desde la frontera. Malváez describió así la atmósfera de la ciudad fortificada el 19 de abril (a las 7 de la tarde): En estos momentos regreso de Ciudad Juárez donde la guarnición hace preparativos para resistir el ataque de los insurrectos que marchan sobre la plaza. Todas las alturas están coronadas de tropas federales, las ametralladoras y cañones traídos de Chihuahua por el general Navarro, dominan perfectamente el camino que deben seguir las columnas enemigas y todo está dispuesto para hacer una larga resistencia a los insurrectos.
Los periódicos de la capital del país ilustraban sus informes con grabados hechos a partir de fotografías. Además de la información generada con sus propios recursos, publicaban reportajes y entrevistas de periódicos estadounidenses. Pero lo medular eran las crónicas escritas por sus corresponsales, pues la guerra mediática fue también parte de la Revolución. Si bien El País fue un diario favorable a la causa revolucionaria, la mayoría de los periódicos solían publicar infundíos en contra de los seguidores de Madero. Sin embargo, conforme fueron pasando los meses, algunos cambiaron su línea editorial y empezaron a reconocer la legitimidad política del maderismo. Algunos periodistas llegaron tarde a la frontera Juárez/El Paso, y solamente alcanzaron a informar a sus periódicos sobre el triunfo de los rebeldes y las negociaciones que tendrían como resultado la dimisión de Porfirio Díaz a la Presidencia de México. Gonzalo Rivero de la Semana Ilustrada llegò cuando el polvo de los acontecimientos empezaba a asentarse, pero el olor fétido de la muerte todavía levitaba en las aceras y lo heridos eran atendidos en hospitales improvisados. En su libro, Hacia la verdad: episodios de la revolución, publicado ese mismo año, el periodista trazó un interesante bosquejo de la vida en Juárez/El Paso durante esos días posteriores a la batalla. Caminó por as calles devastada, testigo de intrigas políticas y partícipe de los festejos. En una serie de entrevistas recogió el testimonio de algunos de los protagonistas de la Revolución Maderista. El libro de Rivero está ilustrado por retratos que Samuel Tinòco hizo en el interior de la Aduana Fronteriza y en la intimidad de los alojamientos de los entrevistados. Tinòco fue uno de los fotógrafos que vendió imágenes a la Agencia Fotográfica Mexicana, fundada por Agustín Víctor Casasola poco antes de la caída del régimen de Díaz. Otras fotos del maderismo en Juárez estuvieron firmadas por Heliodoro Gutiérrez, Jesús Arriaga e Ignacio Herrerías y se conservan en el Archivo General de la Nación.
2. Newsreels y noticieros cinematográficos Desde la Ciudad de México llegò también Manuel Ocaña, amigo y empleado de Salvador Toscano, uno de los pioneros del cine documental en México. Sin embargo, en ese proyecto no estuvieron asociados. Toscano no tuvo recursos o interés de embarcarse en él y Ocaña recurrió a otro empresario que le proporcionó el equipo y los recursos para trasladarse a la frontera. Durante el tiempo que no trabajaron juntos se mantuvieron en contacto y cuando Ocaña regresó a la Ciudad de México, hicieron equipo de nuevo para filmar la llegada de Madero y su comitiva a la estación Buenavista en la capital del país. Las imágenes en movimiento captadas por Ocaña en Ciudad Juárez fueron comercializadas con diferentes nombres. En su momento tuvo dificultades con su socio, que parecen haberse resuelto a su favor pues su trabajo fue preservado por el archivo de su amigo Toscano. Tal como sucede en los archivos fotográficos, en los de imágenes en movimiento se confunde el trabajo de varios camarógrafos. En una época en que las cintas eran desechadas una vez que habían perdido su valor noticioso, hubo algunos cineastas que se dedicaron a guardar el trabajo propio y el de sus compañeros. Salvador Toscano fue uno de esos empresarios con sentido de la historia. Su familia editó un documental basado en una narrativa de ficción que se ha convertido en un referente equiparable al Archivo Casassola: Memorias de un Mexicano. El trabajo de Ocaña aparece brevemente en Memorias de un Mexicano para ilustrar el paso de la Revolución por Ciudad Juárez. En esas imágenes puede apreciarse las cualidades oratorias de Lázaro Gutiérrez de Lara en un mitin en el Monumento a Juárez. También figuran otros personajes importantes como Pascual Orozco y Francisco I. Madero. Memorias de un Mexicano no fue la única compilación de imágenes de la Revolución Mexicana, pero sí la más exitosa. La Fundación Carmen Toscano ha preservado materiales adicionales que no aparecen en esa cinta pionera. En ellas puede verse el tráfago de la casa gris. También aparecen Gerald Brandon e Ignacio Herrerías departiendo con otros periodistas e incluso posando con Pascual Orozco. Un plano muestra a una locomotora entrando a una estación y a n grupo de camarógrafos que se bajan del único vagón. Sobresalen las imágenes de dos mujeres y un hombre vestidos de negro cruzando la pasarela suspendida sobre las aguas del río, las imágenes de los fotoreporteros pasando frente a la cámara, un hombre asomándose a través de la mirilla de un teodolito, las fachadas tambaleantes de casas y edificios públicos, alguna gente deambulando por la ciudad desierta, poblada de barricadas. En esos fragmentos vibran las imágenes de Orozco, Madero, Viljoen, Garibaldi y Eduardo Hay después de la Batalla de Casas Grandes donde fue herido y hecho prisionero. Llegaron también los camarógrafos de compañías norteamericanas que empezaban a incursionar en un nuevo género documental: los noticieros cinematográficos conocidos como newsreels. Una de estas cintas, War ridden Juárez, contenía descripciones de la ciudad destruida. Los cines de la Ciudad de México exhibieron varias versiones de esta película y durante más de un año se mantuvo como novedad en la cartelera de los salones de la capital del país.
3. Los fotógrafos de El Paso Entre los fotógrafos que produjeron imágenes de la Batalla de Juárez y las acciones que la precedieron, hubo enviados de publicaciones periódicas de México y Estados Unidos, pero también figuraron de manera sobresaliente los profesionales de estudio afincados en El Paso, quienes no dudaron en lanzarse al campo de batalla para dar fe de los sucesos. El más grande y prestigioso establecimiento fotográfico de la época era el Feldman Photo Studio, ubicado en la calle San Antonio, a unos cuantos pasos de la oficina de reclutamiento de la Revolución Maderista. Durante décadas, Fred J. Feldman retrató niños, señoras de sociedad y a los personajes notables de El Paso. En 1911, la cámara de este fotógrafo también retuvo las imágenes de hombres cercanos a Madero como Giuseppe Garibaldi y Benjamín Viljoen, y la del corresponsal de la Prensa Asociada David Lawrence. El mismo Jimmy Hare posó con su equipo al hombro para este fotógrafo de principios de siglo. Homer Scott también tuvo su estudio en una de las calles del centro de El Paso y fue un negocio importante. Con Otis Aultman produjo imágenes que documentan la atmósfera en la frontera Juárez/El Paso durante la célebre Entrevista Díaz-Taft en 1909. Lo anterior indica que cuando se suscitaban ceremonias o acontecimientos importantes en lugares como El Paso, los estudios fotográficos se convertían en eventuales corresponsalías de los diarios nacionales. Scott colaboraba para la agencia noticiosa American Press Association. En 1911, el estudio de Scott era uno de los puntos de confluencia para los corresponsales. Seguramente les proporcionaba algún tipo de apoyo logístico, como el acceso a su laboratorio. Las publicaciones para las que colaboraban estos periodistas eran clientes potenciales del material producido por Scott. No extraña entonces que Jimmy Hare fuera acompañado por este fotógrafo el día en que los insurrectos bajo el mando de Pascual Orozco iniciaron el ataque a Ciudad Juárez. Jim Alexander, otro de los fotógrafos importantes, tuvo su estudio muy cerca del puente internacional. Ahí trabajaba cuando no estaba en Alamogordo donde pasaba los inviernos, o en Cloudcroft, Nuevo México, donde operaba en verano. Las fotografías acreditadas a su lente sugieren que Alexander siguió los acontecimientos de la Revolución Maderista desde abril, captando a los jefes insurrectos ya la tropa mientras se preparaban para el combate. También estuvo en Ojinaga, como lo sugiere una fotografía de Toribio Ortega en compañía de varios combatientes extranjeros, fechara por Alexander en ese puerto fronterizo. Antes de 1911, Alexander y algunos de sus colegas estaban ya dedicados al negocio de las tarjetas postales, pero la Revolución proporcionó a su oficio un impulso nuevo. El estudio de los hermanos Hoffman y sus socios Frank Hecox produjeron una buena cantidad de imágenes. La lente de D.W. Hoffman captó algunos de los paisajes más elocuentes de esta primavera iluminada por la presencia de los revolucionarios en la frontera: un hombre con el agua hasta la cintura cruzando el río mientras los vecinos de El Paso se asoman hacia el lado mexicano donde un pequeño grupo de revolucionarios descansan en la ribera, el humo de una fábrica se dibuja en el horizonte. De Hoffman es la postal de un grupo de combatientes yaquis o tarahumares que apuntaban al fotógrafo con arcos y maussers. Una de sus mejores fotos muestra a un grupo de niños parapetados detrás de una barricada formada con costales de arena y troncos de árbol, en medio de una de las calles solitarias de la ciudad. El toque maestro de Hoffman retrató la atmósfera que se vivía en el Juárez tomado por los revolucionarios triunfadores. En una composición reminiscente del pictoralismo norteamericano de principios de siglo, Hoffman emplazò su cámara desde un edificio de la calle del Comercio y desde ahí abarcó el edificio municipal y parte de la fachada del mercado popular. Todo en medio de una mezcla de algarabía y desconcierto de los habitantes de la ciudad. Unos ovacionaban a Madero que subido en la azotea agradece a sus seguidores. Otros, parecen ensimismados en sus dramas personales. En el primer plano se observa un hombre a caballo, a un niño que se asoma desde la esquina con las manos en los manubrios de su bicicleta. Otis Aultman había llegado a El Paso en 1907 para emplearse en el estudio de su futuro socio Homer Scott. Era oriundo de Holden, Missouri, pero creció en el estado de Colorado donde se casó y procreó dos hijos. Ahí se inició en la fotografía al alado de su hermano Oliver Aultman. El año en que llegó a la frontera, Otis estaba a punto de cumplir 32 años. Antes de que los revolucionarios se establecieran en las afueras de Ciudad Juárez en 1911, Aultman y Scott trabajaron en varios proyectos. Los más significativos hasta entonces habían sido las coberturas que hicieron de la entrevista Díaz-Taft y de la visita del expresidente Theodor Roosevelt a El Paso. En las fotografías de la Entrevista Díaz – Taft, preservadas en la Colección Aultman, aparece Ciudad Juárez ornamentada con banderas y columnas de utilerìa, y el presidente Díaz, en medio del alboroto, en esas mismas calles, ahora vacías por el miedo de sus habitantes, quienes sigilosamente primero, y masivamente después, cruzaron la frontera para refugiarse en El Paso en 1911. Dos años màs tarde Scott dio un viraje en su vida profesional y se fue a Holywood para dedicarse a la fotografía cinematográfica. Dejò a su socio cuantiosos negativos que èste hizo crecer hasta conformar una colección de seis mil. La colección Aultman es uno de los referentes visuales más importantes sobre la Revolución en la frontera y acerca del trabajo de los fotógrafos locales durante la época del maderismo. En ella hay imágenes que documentan la efervescencia del campamento revolucionario, las negociaciones de paz en la alameda de las Moras, la vida cotidiana en la frontera y la Batalla de Juárez y sus secuelas. Predomina la firma de Scott y la de Aultman no figura en las versiones impresas de estas fotografías. Muchas de las fotos atribuidas a él aparecen firmadas por la Scott Photo Company, lo que orilla a la especulación debido a que la colección Aultman carece de un catalogo o algún otro documento que permita discernir entre el trabajo de Scott y el de su socio. Sin embargo, esta situación no es del todo anómala pues la firma de las fotos se debía principalmente al derecho de comercialización de los estudios fotográficos y no tanto al reclamo de autoría individual de cada fotógrafo. Por esa razón, quizá, las fotografías tomadas por Scott y Aultman aparecen firmadas por el sello de la casa: Scott Photo Company. En algunos casos es màs prudente citar los archivos donde fueron encontradas las fotografías que atribuirlas a un autor determinado, y la firma de algunas postales debe tomarse con reserva, pues antes que nada indica qué estudio fotografía esté firmada por algún estudio en particular tampoco significa necesariamente que haya sido tomada por los fotógrafos asociados a ese sellos comercial. Incluso, en años posteriores la piratería se convirtió en una práctica común y actualmente es posible encontrar la misma foto firmada por diferentes autores. Otra circunstancia poco favorable para determinar la autoría de este tipo de fotografías es el trueque de imágenes, o la operación de algunos fotógrafos de las cámaras de sus compañeros. Algunos fotógrafos de regiones cercanas llegaron a participar en la emoción y el negocio de la guerra. En los primeros meses de 1911 llegó a El Paso Walter H. Horne quien en poco tiempo fundaría una de las compañías de tarjetas postales más exitosas de la época. Horne llegaría a producir hasta 300 mil postales que distribuyó en Los Ángeles, Atantic City y Chicago. La tarjeta postal se convirtió en un medio de comunicación importante y alternativo a los medios escritos y los incipientes noticieros cinematográficos. Circulaban ampliamente y llegaban hasta lugares apartados donde no había cines, y a donde los periódicos metropolitanos llegaban sólo de manera ocasional. Además, la tarjeta postal llegaba rubricada con un relato del remitente. De esa manera, el anecdotario personal se veía autentificado por la imagen fotográfica y ésta, adquiría una mayor penetración al ser enviada por alguien familiar. La fotografía, y las tarjetas postales en particular, jugaron un papel importante en la creación de una conciencia histórico visual de la frontera. Durante la Batalla de Juárez de 1911 la actividad de Horne fue incipiente, pero le sirvió para descubrir el negocio que le permitiría acumular un patrimonio importante. En los años posteriores no habría obstáculo que Horne no estuviera dispuesto a salvar con tal de obtener imágenes rentables para su empresa. Compró o se apropió de fotos de otros y no dudó en sobornar a oficiales del ejército para tener acceso a ejecuciones. No fue el único, pero sí el mas exitoso de sus colegas. La avidez de fotógrafos como Walter H. Home contribuyó a acrecentó el acervo documental sobre la Revolución en la frontera y también a forjar la leyenda negra de Ciudad Juárez. Para muchos periodistas, el antiguo Paso del Norte no era otra cosa que un pueblo de adobe de buen tamaño donde esta a punto de llevarse a cabo el enfrentamiento de dos ejércitos. Sin embargo, en 1911 la ciudad tenía una intensa vida comunitaria empujada por hombres y mujeres que trataban de sobreponerse los obstáculos de las políticas económicas centralistas. Irónicamente, después de años de abandono por parte de los gobiernos federal y estatal, el año de la Batalla de Juárez, la ciudad estaba llena de planes para el futuro. La nueva biblioteca de fachada morisca estaba por inaugurarse justo en frente del Monumento a Juárez, construido el año anterior, y a un cotado se edificaba el nuevo Palacio Municipal. La programación del Teatro Juárez, que desde su construcición en 1904 se había convertido en un importante espacio cívico, incluía obras de teatro, zarzuelas, funciones de cinematógrafos y bailes. Las corridas en la Plaza de Toros y las suertes de rodeo en el Cowboy´s Park eran también parte del repertorio de las actividades en la ciudad. Además, el juego y los espectáculos nocturnos, debido a su prohibición en El Paso, tambièn habían contribuido a proporcionar a la región la posibilidad de un repunte económico. El imponente Hipódromo, construido también por esos años, fue el reflejo más significativo. En ese entonces Juárez era una ciudad de diez mil habitantes con una economía dominada por la agricultura y el comercio. Unos cuantos terratenientes controlaban las tierras con mayor plusvalía y la vida política a través de su participación en el cabildo cuyos puestos se pasaban de mano en mano. El periódico con mayor influencia era La Revista Internacional de Espiridión Provencio, un hombre del régimen que había sido jefe político y regidor en varias ocasiones. El 20 de noviembre de 1910 publicó en las páginas de su periódico un editorial ridiculizando a Madero; en la víspera de la Batalla de Juárez se refugió en El Paso con su familia, como muchos otros notables que en 1909 habían organizado las fiestas de la visita de don Porfirio para la entrevista con el presidente Taft. Esther Strauss tenía venite años cuando los revolucionarios llegaron a la orilla del Río Bravo. Trabajaba a como dependienta en el estudio de Feldman y era aficionada a la fotografía. Según contó 57 años más tarde a Los Ángeles Times, en 1911 cruzó la frontera montada en un caballo. Las fotografías de la Revolución atribuidas a Strauss no son muy distintas de las del resto de sus colegas y fueron comercializadas más tarde por el estudio de William Stuart, exempleado de Feldman que también incursionó en el negocio de las tarjetas postales. Sin embargo, las mejores fotografías de Strauss componen una serie de imágenes en las que aparece ella misma paseando por las calles de Ciudad Juárez en compañía de una amiga y su futuro marido. Son instantáneas que documentan un paseo dominical, pero que casi un siglo después ejercen la fascinación propia de las fotografías que muestran imágenes de una ciudad que ahora sabemos, en breve, seria destruida por la guerra.
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